
En cada esquina de la zona este de la Medina de Marrakech huele a carne o a pescado a la brasa. El olor del carbón se funde con el de los pequeños ultramarinos, desde donde brotan aromas a clavo, comino y montañas de hierbabuena recién cortada. En las partes más alejadas del bullicio de la plaza Jemaa el Fna, muchos han vuelto a abrir sus comercios. En la esquina, alguno que otro echa una cabezadita al medio día. El sueño aprieta, las noches continúan siendo largas.

















