
Hace solo unos meses, el comercio internacional vivió en estado de shock por el atasco global en las cadenas de suministro, la falta de materiales, la crisis de los microchips y la necesidad de llenar los almacenes todo lo posible para evitar tener que decir a los clientes que no tenían los productos que reclamaban. Una tormenta perfecta que derivó, por ejemplo, en tener que esperar meses hasta recibir el coche nuevo que se compraba en el concesionario.

















