
Los escombros no frenan los pasos ágiles de Galina. Camina sobre los restos de lo que fue su vajilla, sus paredes, su nevera. Se agacha despacio y recoge un pequeño trozo de un objeto que fue pero ya no es. Su mirada se ilumina y esboza una tímida sonrisa, pero sus ojos pronto vuelven a apagarse antes de arrojarlo con desdén, como si volviese unos segundos a un lugar que ya no existe.
Hace poco menos de un año, tras la liberación de Bucha, la mujer de 83 años evitaba subir al que fue su hogar, tras ser arrasado por los bombardeos.

















