
Summer, una joven de 20 años de Michigan, sueña con ser maestra de escuela, pero sus condiciones materiales y el desbocado precio de las universidades estadounidenses le impiden perseguir su deseo. El grado que le gustaría cursar cuesta unos 40.000 dólares, pero en su trabajo cobra 16 la hora y paga de alquiler 1.500 al mes. Podría pedir un préstamo, pero ha decidido no hacerlo para no hipotecar su vida.
Ese es el caso de Nailah, quien a sus 35 años todavía debe 60.000 dólares, la mayor parte de lo que recibió para poder pagar su doble grado en Filosofía y Estudios Afroamericanos en la Universidad de Florida.

















